dimarts, 19 de setembre de 2017

Prat de la Riba: Imperio y regeneración


Sobre el valor de la obra ensayística y política de Enric Prat de la Riba (Castellterçol, 1870-1917) se producen ciertas unanimidades: en primer lugar, con el precedente único de Valentí Almirall, se reconoce que fue el hombre clave para que el nacionalismo apolítico de la Renaixença entrara en una fase constitutiva, de construcción institucional, con vocación política y parlamentaria. En este sentido, se distinguen en su evolución dos etapas muy claras: la primera, de juventud y formación, de naturaleza muy reivindicativa y otra, iniciada hacia 1906, de afirmación institucional y aplicación práctica de sus principios teóricos. Otro consenso le reconoce una capacidad organizativa y un olfato para captar a jóvenes talentos fuera de lo usual. Si tantos y tantos proyectos culturales y científicos culminaron con éxito durante su etapa de presidencia de la Diputación de Barcelona fue por la habilidad con la que supo ganarse el afecto y el apoyo de plumas y cerebros tan destacados como las del político socialista Rafael Campalans, el ingeniero Esteve Terrades, el publicista Antoni Rovira i Virgili, el filósofo Eugenio d’Ors, el pedagogo Alexandre Galí y un microejército de intelectuales a quienes supo aglutinar y ocupar con éxito indiscutible.
Prat era un jurista germanófilo. Sus ideas sobre lo que era una nación procedían, generalmente, a excepción de Taine, de pensadores germánicos: Herder, Fichte y Krause. Su más ilustre compañero de generación, Joan Maragall, también era acusadamente pro alemán en sus concepciones filosóficas. Su temperamento católico y clerical (cuenta Rovira i Virgili que los ateos le provocaban una náusea orgánica) no le impidió darse cuenta de que incluir a los sectores republicanos en su proyecto resultaba imprescindible para culminar sus aspiraciones de reconstrucción nacional interna. Así, por ejemplo, en los plenos de la Mancomunidad, era habitual que incluso más de la mitad de los diputados fueran de procedencia republicana. En  otras palabras: se dio cuenta de que sin contar con la izquierda resultaría imposible reconstruir las instituciones propias de la Cataluña autónoma, desaparecidas en 1714. Si hubiera contado únicamente con elementos del partido que lideraba, la Lliga Regionalista (regionalista en Madrid, pero nacionalista en Barcelona) sus líneas de actuación política no hubieran contado con el consenso que les dio impulso entre la intelectualidad catalana.
En 1891 fue elegido Secretario de la Unió Catalanista, y desde ese cargo empezó a trabajar en la redacción de las célebres Bases de Manresa, que querían ser el fundamento de una Cataluña ordenada como autonomía. Una de sus aportaciones al debate (ya lo observó con agudeza Rovira i Virgili) fue La política y la cuestión social, publicada por separado con motivo del 1 de mayo, donde es palpable que Prat, desde posiciones doctrinarias y dirigistas, intentaba ampliar la base popular del catalanismo y diseñar una política de armonización social. Su Tesis Doctoral, leída en Madrid en 1894, se tituló La Ley jurídica de la industria, y trató de introducir regulaciones al trabajo fabril. Su labor al frente de la Mancomunidad de Cataluña no es más que la realización de aquellas inquietudes patrióticas. Un texto revelador de aquella etapa reivindicativa es el Compendio de doctrina catalanista (1894), escrito en colaboración con Pere Muntanyola, agriamente antiestatal, y el Missatge al Rei dels hel·lens (1897), donde la comparación implícita de la Monarquía hispánica con el obsoleto Imperio Otomano levantó ampollas.
El segundo Prat, el primer político español capaz de desarrollar un proyecto reformista y regeneracionista a gran escala, suavizó esas asperezas revolucionarias contra el Estado español, aunque la crítica frontal a sus deficiencias institucionales no cejara nunca. El Prat presidente de principios de siglo XX era un Prat más moderado, menos romántico y más partidario del pactismo tradicional.
            El vector regeneracionista que presidió su obra escrita e institucional es especialmente perceptible en su  Ponencia sobre los ferrocarriles secundarios (1907), tema que también preocupó al otro gran cerebro político de la Lliga, Francesc Cambó. Su providencial elección como presidente de la Diputación de Barcelona ese mismo año se ha relacionado con este escrito. Fue reelegido en 1909, 1911, 1913 i 1917. A partir de la fundación de la Mancomunidad de Cataluña (1914), firmada por Alfonso XIII y Dato pero implantada por Canalejas, el proyecto nacionalista de Prat cobró un nuevo impulso, implantando con mayor seguridad institucional las líneas políticas esbozadas en su libro fundamental, La Nacionalidad Catalana (1906). El ensayo fue rápidamente considerado la base teórica del nacionalismo catalán conservador. Prat trazaba en él una distinción entre Nación y Estado que hizo fortuna: por un lado, la Nación era una identidad natural, mientras que el Estado era una construcción artificial y ligada, en el caso español, a un imperialismo de corte clásico desarrollado durante el Renacimiento. A ese imperialismo heredado de Carlos I, oponía Prat un imperialismo federal de raíz catalana, pactista y neomedieval: la unión de todas las nacionalidades ibéricas desde el Ródano hasta Lisboa. Como demostró Josep Murgades, las tesis imperialistas del joven Eugenio d’Ors influyeron, debidamente adaptadas a un sentido nacionalista, en esta construcción doctrinal pratiana.
Durante la Primera Guerra Mundial, Prat repensó España como una corona bicéfala como la del Estado austrohúngaro. Entre 1906 y 1923 se crearon en Cataluña, merced al desempeño de la presidencia de la Diputación y a la Mancomunidad, las siguientes instituciones: Institut d’Estudis Catalans (1907), Consell d’Investigació Pedagògica (1913), Biblioteca de Catalunya (1914), Escoles d’Estiu (1914), Escola de Funcionaris d’Administració Local (1914), Escola Montessori (1915), Comissió d’Educació General (1918), escuelas de Comercio y bibliotecas populares (1918), escuelas Experimentals (1918) y Estudis Normals (1919). Y todo esto con recursos económicos exiguos (no olvidemos que la Mancomunidad no era una autonomía. Como ente administrativo que era, carecía de la capacidad de legislar y podía ser revocado desde Madrid en cualquier momento. Cataluña quedó sembrada de cables telefónicos, bibliotecas y carreteras que unieron infinidad de pueblos antes aislados, dinamizando el comercio interior como nunca antes. Fueron impulsadas toda clase de iniciativas de higienización y aculturamiento patriótico.
Enric Prat de la Riba fallecía el 1 de agosto de 1917, víctima la enfermedad de Basedow, dolencia que había contraído en la cárcel. Fue sucedido por Josep Puig i Cadafalch, de temperamento más rocoso, y quien tuvo que lidiar con la guerra civil callejera que se iba desatando en las calles de Barcelona, con éxito desigual. Tras la desaparición del “seny ordenador de Catalunya”, como lo bautizó Eugenio d’Ors (quien se dirigía a él por carta como “Director”), la Lliga Regionalista viraría decididamente hacia la defensa encastillada de los intereses de la Patronal a través de la intervención del ejército. La pluralidad institucional, la templanza y los equilibrios pratianos desaparecían con él. No sus iniciativas, que continuaron vivas durante mucho tiempo, hasta hoy incluso.

Y es que parece indiscutible que, sin los precedentes de Prat, no hubieran existido ni la autonomía republicana de 1932, ni la democrática de 1978. Hasta es posible que la lengua catalana ni siquiera hubiera sido normalizada, ni la cultura homologada en calidad y densidad a la europea. Es por estos motivos que el centenario de su muerte representará una efeméride importante. Como ya indicó Ucelay-Da Cal, Prat es un capítulo importantísimo también para la historia de España, porque aportó un modelo práctico de modernización institucional y educativa.

Publicado en "La Aventura de la Historia" - Agosto de 2017

dissabte, 2 de setembre de 2017

Kim Philby: entre muchos fuegos

Enrique Bocanegra
Un espía en la trinchera.
Kim Philby en la Guerra Civil española
Barcelona, Tusquets, 2017
Precio: 21,90 euros

            Nuestra historiografía se está beneficiando sobremanera de la exploración de las bibliografías anglosajona y rusa. Primero, en este año, fue Josep Fontana quien publicó un libro muy ambicioso sobre un siglo XX profundamente marcado por el proceso revolucionario iniciado en 1917; luego fue Julián Casanova quien especificó qué había ocurrido realmente en Rusia entre 1917 y 1921. En esta ocasión, Bocanegra nos introduce en otro aspecto lateral en la historia de Occidente pero fundamental para la comprensión de la guerra civil española: el papel que ejerció en ella el espionaje soviético.
            El autor no solo reconstruye la trayectoria de Kim Philby y sus actividades en suelo español, sino que también traza retratos imprescindibles sobre otros personajes no menos importantes: el primero y principal de ellos, Alexander Orlov, u otros espías o implicados en la red: Arthur Koestler, Donald MacLean o sus responsables políticos soviéticos. La reconstrucción del contexto, los fuegos y locuras letales desatadas en la retaguardia franquista y en las comisarías soviéticas, también son reconstruidas con una minuciosidad asombrosa, fruto de cuatro años de trabajo.
            Para el libro de Enrique Bocanegra solo pueden caber elogios: por su prosa rápida, narrativa, clara y rigurosa. Bocanegra ha escrito un libro como los que hacen falta entre nosotros: sin un gramo de moralización ideológica, con un estilo propio de los grandes narradores de la ficción de espionaje. Con la diferencia de que todo lo que escribe fue cierto. Pero no desmerece de un John Le Carré o un Frederick Forsyth. Escribir un libro lleno de rigor y lleno de amenidad, al estilo de los de Jorge M. Reverte, ese ha sido su logro. El jurado que le concedió el XXIX también debió pensarlo así, y obró con justicia.


Andreu Navarra

Publicado en "La Aventura de la Historia", nº 226, agosto de 2017.

dijous, 31 d’agost de 2017

Badajoz y Cáceres

Desde que uno pisa Badajoz se da cuenta de lo diferente, y hasta opuesta, que es respecto a Cáceres. Badajoz es moruna, si uno entra en ella cruzando un puente, la primera impresión es la propia de las ciudades con río, tipo Zaragoza. Cáceres, en cambio, es la puerta de Castilla: la amalgama entre Portugal y Castilla. Badajoz ya tiene un aire sevillano, y la tiene por las torres del imperio almohade. Badajoz es una ciudad horizontal; por el contrario, Cáceres es vertical y recuerda a Toledo.
Ayer estuve en Cáceres y... qué decir. Se conserva tal y como estaba en el siglo XVI, es algo que uno puede explicarse difícilmente. Mires donde mires un palacio, una iglesia fastuosa, una fachada plateresca, un balcón curioso, un escudo que habla o un detalle arquitectónico único.
Badajoz tiene algo definitivo: la Plaza Alta, decorada con colores llamativos y llena de recuerdos islámicos. Además, situada junto a la Alcazaba más grande de Europa. Un buen paseo consiste en rodear el castillo sin bajar ni un momento de lo alto de las murallas. Y detalles curiosos: en una calleja que va de la Plaza de España hasta el castillo, hay una churrería-librería, en la cual también arreglan bicicletas.
La Biblioteca de Extremadura ocupa un espacio único: está dentro del recinto de La Alcazaba, sobre las ruinas de la antigua mezquita, y aprovechando un hospital militar. En el vestíbulo se ven muchas (¡muchas!) publicaciones de poesía, en edición bilingüe: el detalle me ha gustado, están en castellano y portugués, como recordando una antigua identidad lusitana que ha borrado el tiempo.
Sobre las murallas, iniciadas en el siglo IX, se huele el romero y se obtienen excelentes vistas del Guadiana. El Guadiana más que un río es un pantano nómada. Los niños alimentan a los cisnes y los patos, para huir despavoridos cuando los atacan las feroces ocas. Y entre la Plaza Alta, la Puerta de las Palmas y el ensanche nuevo, se extiende un dédalo de callejuelas que es la viva imagen de los cascos antiguos de San Juan de Puerto Rico y La Habana. Hay que venir aquí para darse cuenta. Edificios idénticos, urbanismo calcado. Hasta las fortificaciones son como las que uno ve en el Caribe hispano. La similitud es total.
Por casualidad, paso por delante de la casa natal de Manuel Godoy, el primer espadón contemporáneo. Y ya voy pensando en regresar, mientras cruzo el río. Aquí las puestas de sol son únicas, pero me ponen medio melancólico. Mañana solo me dará tiempo a visitar el Museo Arqueológico. Y me he propuesto no ver nada más, porque si no me estallará la cabeza.

Mérida: puentes y chascos

Bajo a la calle muy de mañana: no llegamos a 20 grados. Estupendo. El programa era coger un autobús y viajar hasta Trujillo, pero justo están abriendo el recinto de la Alcazaba. Entro, porque igual será mi última oportunidad. Este está siendo el verano de las Alcazabas, llevo ya tres, junto con la Suda de Tortosa y la de Málaga. Lo que más me impresiona de la emeritense es el aljibe romano que está en su interior: es uno de esos espacios de Mérida en los que el universo sufre un cortocircuito y de repente uno se encuentra en un lugar romano tal y como lo dejaron los romanos. Dos galerías con escaleras van a parar al pequeño estanque, en el que nadan peces blancos y dorados. Todo está como hace dos mil años, incluso los dinteles con molduras y relieves. Desde la muralla se obtienen excelentes perspectivas sobre el puente romano y el río. En estos carteles de estas ciudades se aprenden bonitas palabras castellanas, como "tajamar", es decir, las proas de barco adosadas a los pilares de los puentes, y que intentan cortar las crecidas, o "aliviantes", agujeros o galerías por donde pasa el agua para que no se lleven el puente adelante. Aquí en Mérida, como en Tàrrega, hay memoria de crecidas espeluznantes. Salgo de la Alcazaba, cruzo el río y me dirijo a la Estación de Autobuses, pero resulta que no hay más que un coche de ida y otro de vuelta, ya casi por la noche, y ni siquiera tienen un papel con los horarios para que uno se monte la vida. Bueno, se frustra mi viaje. Pero tengo un plan B. Cruzo la calle y entro en la Biblioteca Delgado Valhondo, donde espero consultar un fondo hemerográfico y otro de historia local. Como no hay nadie en los mostradores, aquí hay libertad de movimientos. Periódicos no veré, pero encuentro libros magníficos. La pena es haberme dejado el bolígrafo... Bajo a recepción pero tampoco hay nadie, salvo una cola impaciente de usuarios. Ay... ¡el verano! ¿Qué hacer? Le pido un bolígrafo a una chica que estudia cerca. No le pregunto cómo se llama porque está muy absorta haciendo codos, pero la pondré en los agradecimientos de mi libro, porque es posible que sin su boli bic ni siquiera llegáramos a tener libro alguno. Muy satisfecho por los hallazgos, unas horas después, enfilo por el espectacular puente Lusitania, que tiene unas vistas estupendas. En Mérida (en Extremadura, en general) saben hacer los parques: agua no les falta. Los que se extienden por las orillas del Guadiana en Mérida y Badajoz son ideales para dar un paseo o correr. Aquí el agua está bastante sucia, pero se ven muchos patos y pollitos que nadan en hilera. Boquean entre botellas y latas y limo unos peces grismarrones no demasiado grandes. Paso por debajo del puente y voy a parar a la base de la muralla. Este es un rincón único, que impresiona al más pintado. Otro que me ha sedado es la Glorieta de las Méridas del Mundo, con su microcosmos de palmeras, piedras ciclópeas y toscas puertas romanas. Regreso a casa por la soleada y animada calle de Juan Pablo Forner, tuerzo por Vespasiano. El arco de Trajano lo vi de noche, pero es mejor de día. Ahora el calor aprieta. Mi objetivo es el inmenso Acueducto de los Milagros. Lo rodea una pradera estupenda. Hay algunos enamorados inteligentes dándose besitos bajo los arcos, en la sombra. En el río veo cigüeñas y una especie de ibis marrón que busca bichos entre el fango con su pico curvo. Desde luego, los parques aquí son de primera, y si tienen acueductos como este... Extremadura es el país de los pájaros: hasta en las grandes ciudades pueden verse grajos y hasta milanos. A la sombra de un pino termino estas notas.

diumenge, 27 d’agost de 2017

Robledillo de Gata

Salimos de Hoyos y nos disponemos a cruzar la Sierra de Gata. A medida que dejamos atrás la zona del incendio, todo va cobrando un aspecto más boscoso, y hay más pasto verde. Pasamos Cadalso, donde comeremos, y nos internamos en un valle suave. De unas lomas aparecen dos buitres negros. Son enormes. Hay un torreón gris erosionado sobre una escarpadura, convertido ya en naturaleza.
En Robledillo hay muestras de una curiosa arquitectura popular antaño denostada y hoy comprendida como lo que es: pura adaptación al medio. Me comentan que el vino local, peleón y terrero, se llama Pitarra, como el escritor Frederic Soler. Tomo un par de botellas en cuanto puedo. Ya veré cómo las subo al avión.
Sin embargo, la vid es escasa. Unas pocas "manchitas" (que diría un boricua) entre olivares. La iglesia es hexagonal y combina cierto aire clasico con la multiforme arquitectura local, de pizarra y madera. Su espadaña blanca culmina sobre el pueblo y le da su perfil característico. Las vigas de las casas son árboles encastados en bruto. Todo es oblicuo y deliciosamente tosco. El paseíto por el sendero del río, con las casas casi negras colgadas, es realmente sorprendente. Tiene aires pirenaicos.
Nos tomaremos algo en un bar que es un rincón de piedra, entre vegetación de ribera. En este bar que es casi un sedimento histórico, están escuchando Pimpinela. Del techo cuelgan enormes marmitas como las de la aldea de Astérix. Aquí la conversación fluye a chorro, es un peligro y puede perderte, porque no agobia el calor y uno tiene la sensación de flotar bien integrado en los caprichos del planeta. Los picos que vemos son todos amables, bastante altos pero redondeados. La piscina natural está al otro lado del pueblo. Las piscinas naturales son miniembalses, cada pueblo de la sierra tiene su piscina natural, e incluso dos o tres.
Esta de Robledillo es una maravilla de tranquilidad. Aunque hay unos señores de Reus que bromean con nosotros: no se creen que nos vayamos a meter en el agua, porque está helada, es hielo. Pero desde arriba ves el fondo. Al nadar por aquí se filtran los rayos de sol que se vuelven semiverdes. Los márgenes son legamosos y con algas. En un primer momento duele esta agua como una cama de cuchillos, luego resulta de lo más agradable, incluso en un día no muy soleado como hoy.
Por todas partes vemos el símbolo de la sierra de Gata: es una rosa hexapétala que parece que procede de un antiguo culto lunar. Ya lo preguntaré. Yo he visto estas rosas en las estelas visigóticas de Mérida. ¿Vinieron de Hungría y Germania? ¿O estaban también en los edificios romanos?
Regresando, comemos en Cadalso, al lado del río. Nos acarician este viento y estas hojas. Gazpachito y secreto ibérico. La tarde marchará bien.

De Mérida a Hoyos.

En mi ignorancia, pensaba que esta tierra era seca y desértica. Pero está cruzada de ríos muy considerables, y hay embalses por todas partes. Es un paisaje humanizado, aunque humanos se vean pocos. Cruzaremos el país de Sur a Norte, por un par de autovías que están muy bien. Nos acompañan aves rapaces que yo no sé identificar: buitres no son, porque no tienen las alas deshilachadas. Unas son parduzcas y tienen un vuelo majestuoso, pero no conozco las aves de por aquí. Otros son claramente halconcitos que se acercan mucho al suelo y vigilan bandadas de palomas.
Paramos en Coria, lugar obligado. Empezamos nuestro paseíto rodeando una torre medieval estupenda, una de esas cosas que uno no se cansa de mirar, y nos paramos delante de la casa de Sánchez Mazas y Sánchez Ferlosio. Por diversos motivos este año he tenido en la mano cartas autógrafas de Sánchez Mazas, y se me hace extraño estar ahora delante de la casa de las que salieron para Barcelona y Madrid. Las puertas de madera de Coria son todo un monumento en sí mismo. Comemos en el Bobo de Coria, en un comedorcito presidido por el cuadro de Velázquez y utensilios del pasado. ¡Qué decir de esta tarta del Casar!
Delante de la Catedral, quedo deslumbrado. Eugenio d'Ors decía, en una de sus denostadas teorías, decía que el Barroco hispánico había empezado en Lisboa y que se había extendido hacia el este en forma de gótico plateresco. Lo demostraba enseñando fotos de balcones manuelinos. Delante de esta fachada fastuosa, presidida por la tracería y el "horror vacui", la teoría me parece verosímil.
La bóveda es, como en Hoyos, abanico. Y hay un pequeño museo en el claustro muy agradable. Bajo los arcos hay caras y corderos místicos. Una buena visita.
Al parecer, durante la Guerra de la Indepedencia, al obispo de Coria los franceses le dispararon un tiro en la boca y otro en los genitales. Los soldados que fueron a parar aquí, derrotados por los ingleses, al parecer eran la quintaesencia del programa ilustrado...
Hoyos no está lejos: solo unos treinta kilómetros. El pueblo es delicioso, tiene como un aire atlántico. La iglesia combina vestigios románicos con elementos manuelinos: esto es tierra de transición: Portugal está a 20 kilómetros y me explican que por allí hablan un extraño idioma híbrido.
La Sierra de Gata es muy especial: acostumbrado a las montañas abruptas de Catalunya, todas con sus correspondiente acantilado vertical, con la visita reciente a los Puertos de Beceite, esta montaña antigua y redondeada me parece de lo más extraño.
Nos movemos hasta Acebo y nos bañamos en su helada piscina natural. Me escoltan unos pececitos pardoamarillos. Todo el valle lo preside el Monte Jálama, lento y solemne, de casi 1.500. Es como el padre o el pastor de esta zona. Aquí el monte es verde claro y se orla a sí mismo con pedruscos negros.
Al parecer, hace unos años la sierra fue devastada por un inendio apocalíptico: se ven las huellas negras por todas partes. Pero la vida se está abriendo paso con fuerza: los pinos chamuscados y las encinas vuelven a tener hojas, pero quizás por haber respirado tanto humo algunas tapias humanas son de un negro doliente, inexplicable.
En un cartel veo que el ave más común aquí es el águila real: por la foto entiendo que los pajarracos de la carretera lo eran: águilas reales, y en cantidades asombrosas. Ya no tendré que mirar en el Google. Yo en Catalunya solo había visto una, pero muy de cerca, en el Canigó. Y era realmente dorada. En catalán, el águila real es una "àguila daurada". Estas no son doradas, son águilas un poco abuitradas. No tiene tanto glamour pero son más populosas y democráticas: sobre todo se dejan ver más. Pero es que hay muchas. En Extremadura también hay murciélagos enormes, casi del tamaño de un estornino. Dan hasta un poco de yuyu.
El pueblo de Gata es una mancha de leche en una hoya alta. Aquí se ve que llevaba una escuela de Humanidades Nebrija... ¡Aquí!
Encinas, olivares, alcornoques. En el campo de Cáceres, el verde y el amarillo dialogan. Hoy amanece nublado. Cruzaremos la Sierra de Gata de Oeste a Este y rozaremos las Hurdes.

divendres, 25 d’agost de 2017

Mérida. Día I

Aquí no se lo creen, pero estoy más fresquito en Extremadura que en Barcelona. El calor, como es mucho más seco, no te persigue con tanta vocación de molestar y engancharse. Sí es verdad que, a partir del mediodía, ponerse bajo el sol es más bien suicida, pero es un auténtico regalo poder dormir, pasar mañanitas frescas, casi tan buen regalo como haber subido al avión sin ordenador y sin conectividad alguna que me permita seguir nadando en el lodazal de la prensa diaria.
Tras algún que otro capítulo picaresco con los taxistas del aropuerto de Badajoz (como si no hubiera viajado nunca por países en los que nadie activa el taxímetro), Badajoz me recuerda mucho mucho a Málaga: los castillos y las calles se parecen mucho. Hay un río inmenso, Portugal está muy cerca, los puentes y las murallas son espectaculares.
Llego a Mérida por tren, desde el que veo un acueducto alto como un edificio de cinco plantas. La tierra parece quemada en muchos rincones, de un color amarillo preocupante, hasta desasosegante, y en ocasiones hasta negra. ¿Qué demonios podrá crecer aquí?
Mientras se va el sol paseamos por el punte romano, que es una maravilla de casi un kilómetro de largo. ¡El Guadiana es un río inmenso! Puedo asegurar, y aseguro, que es aún más ancho que el Ebro, río que últimamente me ha acompañado mucho.
He venido a seguir los pasos de un puñado de escritores de principios del siglo XX. En los archivos, en las bibliotecas, un personal ejemplar. Amable, y que te deja solo en las salas de consulta y los cuartos de atrás, donde está lo bueno, lo cual es el sueño de cualquier friki investigador.
En los bares, lo mismo. Todo el mundo está alegre y es dicharachero. Ahora bien, cuado los extremeños hablan de sí mismos como comunidad, se palpa el descontento secular y cierto espíritu de derrota histórica. Muy rápidamente se percibe esto: falta de fe en sí mismos.
Pasar la mañana en el Museo Visigótico es un gusto. Me ha llamado esta colección exótica, con plantas y pilastras y mármoles trazados que me han hablado flojo pero fuerte. Mucho más íntimamente que la colección del Museo Romano, que llega a atragantar de tanta grandeza. Los visigodos me han hablado de un modo más intuitivo. Por muy espectacular que sea la colección romana (¡que lo es: estos mosaicos no se ven cada día!), el arte romano es igual en todos los rincones del Imperio. Del Museo Romano me he quedado con lo pequeño: las diminutas cabezas de terracota, los pequeños Bacos de bronce, y las monedas, a través de las cuales he puesto cara y ojos a los Emperadores de toda la vida.
Pero lo que más me ha imptresionado ha sido el Templo de Diana: fino y grande, espectacular. La Alcazaba, ciclópea y achaparrada, es del siglo IX, la más antigua de la Península. Yo solo he visto arquitectura islámica del siglo IX, en Kairouan (Túnez). En conjunto, todo muy potente. Y la gente amable y simpática como la que más. Pero dejo esto ya, porque me voy al Teatro Romano.