dijous, 17 d’agost de 2017

Antonio Machado

Tema Machado. I acabo. No em preocupa que l'Ajuntament no vagi a retirar el nom. No em preocupa que els "grans" diaris (sense prestigi ja, qui vol qualitat ha d'anar al digital, fa temps que és així) continuïn mentint: diran el que els dicti la banca. Em preocupa que es posi al mateix sac a un pioner de la tolerància i la democràcia espanyola, que una colla de feixistots, i que se l'acusi d'imperialista. Sí em preocupa que no hi hagi més càtedres de català, basc, gallec, arreu de la península. Sí hi ha noms de poetes catalans a Castella. N'ho hauria d'haver més, i de totes les nacions. Sí hi ha lectors de poesia catalana. Em preocupa que s'equipari Espanya amb Franco i el franquisme. Em preocupa que a casa meva ens posem al nivell dels franquistes (censurant Machado, com feia Franco). Siguem sincers: a Catalunya no llegim els nostres propis poetes, no els defensem. Les nostres ideologies no es poden basar en esborrar i destruir. Jo sí busco el que es fa a València: busco Josep Piera. Allà on vaig busco les veus humanes i creatives. Rajoy no té res a veure amb el Madrid que jo conec, amb el de les persones que jo hi conec, amb molta de la cultura que s'hi fa. Madrid no és Franco, ni la monarquia. Machado és un poeta universal, l'univers importa als catalans. Rodoreda, Espriu, Brossa, Roig, són també universals. I els cultivem tan poc! L'altre dia jo era a Tàrrega: no hi ha una trista casa museu Pedrolo a Tàrrega. PEDROLO! Un escriptor enorme, ENORME, que ens passem pel forro dels pantalons, amb perdó. Em preocupa, sí, que es demani el carnet polític dels escriptors. I que en comptes de llegir-los se'ls valori (a Espanya, a Catalunya) per quina és la seva identitat ideològica. És que Lorca ha de ser catalanista perquè el valorem? Sabeu què penso? Que un pobre que no llegeix Machado (sí! Pobre!) tampoc llegirà Estellés o Verdaguer o Carner. La qüestió és aconseguir que la gent no pensi, no llegeixi, només obeeixi. Si us plau, prou baràrie. Ho sento. És que Machado em ressona molt. És un dels meus. I és un dels meus perquè sóc un maragallià fins al moll de l'os, i aquestes coses me les crec.

dimarts, 30 de maig de 2017

Vicente Blasco Ibáñez: el ariete republicano





            En 1915, Vicente Blasco Ibáñez, cansado y arruinado, recién llegado a París procedente de unas colonias argentinas que no habían prosperado,  empezó a escribir Los cuatro jinetes del Apocalipsis. Cuatro años después, solo en Estados Unidos, se habían agotado ya doscientas ediciones de la novela. En 1921, Rodolfo Valentino protagonizaba la versión cinematográfica de la obra, financiada por la Metro Pictures Corporation. Este es el Blasco exitoso y moderno que quedó grabado en el imaginario: el Blasco maduro y veterano, pragmático y laureado, el emperador de la novela comercial y del guión de cine, el Blasco orondo y triunfador que eclipsó al joven revolucionario que fue antes de que se iniciara el siglo XX. El empresario hizo olvidar al republicano federal, al revolucionario de trinchera, al joven periodista de combate que nos proponemos recuperar aquí.
            Blasco empezó a colaborar en el periódico La Bandera Federal en 1889. En esos editoriales de El Pueblo, las bestias negras eran Emilio Castelar y Práxedes Mateo Sagasta. No es que los radicales valencianos apreciaran a Cánovas. De hecho, Blasco no mostró benevolencia hacia el líder conservador ni siquiera cuando este fue abatido a tiros por el anarquista Michele Angiolillo. Pero Blasco opinaba que Cánovas, aún a través de medidas reaccionarias, era capaz de gobernar, mientras que, por su parte, Castelar le parecía un mero traidor a los ideales republicanos, y Sagasta un líder impotente, un converso canallesco y ladrón (Blasco llega a llamarle “viruela maligna”), irracionalmente aferrado al poder.
            En 1890, el general carlista Cerralbo iba a ser recibido en la ciudad de Valencia. Blasco, junto con los anarquistas Montaña y Serra, acaudillaron el asalto a la fonda en la que pernoctaba el militar tradicionalista. Hubo palos y disturbios. El carruaje de Cerralbo fue lanzado al fondo del río. El Capitán General Azcárraga decretó el estado de sitio, y La Bandera Federal fue suspendido. Un botón de muestra de hasta dónde eran capaces de llegar Blasco y sus seguidores a principios de los años 90.
            En los mítines de Blasco era habitual ver a conocidos anarquistas entre el público. Entre 1890 y las primeras décadas del siglo XX, tanto en Valencia como en Cataluña, las ramas ideológicas inspiradas en la postura antisistema de Ruiz Zorrilla, exiliado en París, confluían en una misma familia política de contornos difusos. Así, por ejemplo, Lerroux y Ferrer y Guardia eran amigos, y las fuerzas ácratas que acaudillaba Blasco participaban en los mismos disturbios que los anarquistas: la frontera entre ambos no estaba clara. El republicanismo radical y el libertarismo compartían espacio contra el sistema de la Restauración.
            Otro rasgo sobresaliente en esta etapa fue el anticlericalismo, postura que, en el caso de Blasco y sus compañeros de redacción, alcanzó cotas de radicalismo que rayaban en la abierta hostilidad y violencia. Cuando Ciriaco Sancha llegó a Valencia para sustituir al anterior arzobispo, Blasco despegó una enorme pancarta en el balcón de La Bandera Federal, bajo la cual pasaba la comitiva de bienvenida, en la que se leía: “Jesús entró en Jerusalén descalzo y pobre: comparad”. El incidente causó un enorme escándalo, y Blasco fue detenido y encarcelado en el presidio de San Agustín. Dos años después volvió a la cárcel por motivos parecidos: los obispos de Salamanca, Madrid, Segorbe y Valencia fueron apedreados cuando se disponían a embarcarse hacia Roma. Botones de muestra de lo que era una actividad subversiva apoyada desde La Bandera Federal y El Pueblo.
            También en 1890, Blasco publicó un incendiario soneto en el que amenazaba con cortar la cabeza a todos los tiranos. El resultado fue ser condenado a seis meses de cárcel y verse obligado a huir a París, lo que fue providencial, porque allí conoció a Ruiz Zorrilla, el carismático líder revolucionario exiliado. Para Blasco, el monárquico Sagasta era el reverso de la moneda de Ruiz Zorrilla, el emblema de la honradez. Fue también entonces cuando estudió a fondo las obras de Balzac y Zola. Al volver a Valencia, Blasco lideró un golpe de estado interno en su partido: Juan Feliu fue arrojado de la jefatura y la facción federal histórica fue barrida por los cuadros jóvenes, mucho más audaces. 1892 fue un año clave en su trayectoria, en el que publicó las tres mil páginas de la obra Historia de la revolución española en el siglo XIX, en tres volúmenes, epilogada por Pi i Margall, ex presidente de la República de 1873. Blasco ya evidenciaba uno de los rasgos más característicos de su obra: el colosalismo.
            El primer número de El Pueblo vio la luz el 12 de noviembre de 1894. Blasco se lanzaba a esa empresa sin una base financiera clara. 1896 fue un año decisivo para el Partido Republicano Federal: tanto Blasco Ibáñez como su líder en Cataluña, Vallès y Ribot, se escinden  para liderar una facción estrictamente revolucionaria. A partir de entonces, su estrategia política pasará por el retraimiento, por no entrar en las combinaciones electorales. Pi i Margall, el viejo patriarca republicano, ferviente legalista, abandona la Asamblea de Madrid sin haberla concluido: se puso el sombrero y abandonó la reunión. En aquella época, Blasco ya había encontrado una voz narrativa propia: frente a sus primeros ensayos literarios, que luego repudió, había ya publicado La araña negra (1892), de contenido antijesuítico, Arroz y tartana (1894) y Flor de mayo (1895).
            Estalla la guerra de separación en Cuba y la postura de El Pueblo es compleja. Blasco no quiere romper con el Ejército, que considera garante de las libertades liberales, y muestra un patriotismo monolítico. Su propuesta pasa por conceder la autonomía a la isla (la propuesta de Maura en 1893) y por extender los derechos modernos y la instrucción general por toda la isla. Sin embargo, no ahorra críticas contra el general Martínez Campos y el estado de las tropas españolas que combatían en condiciones infrahumanas. Finalmente, considera lamentable y antipatriótico que las clases adineradas puedan ser exoneradas del servicio militar por 1500 pesetas. La pésima gestión del conflicto por parte de los gobiernos debería encaminar a España hacia el establecimiento inmediato de la República.
El hecho de que la monarquía no declarara la guerra a Estados Unidos motivó que Blasco y el grupo de El Pueblo sacudieran Valencia con varias protestas antinorteamericanas. La situación llegó a ser tan grave que el Gobierno Militar declaró de nuevo el estado de sitio. Naturalmente, Blasco Ibáñez fue puesto en busca y captura y tuvo que huir de nuevo al exilio. Su estancia en Italia fue también muy provechosa, puesto que allí escribió Tres meses en el país del arte (1896). Tras volver, encabezó nuevas algaradas en pro del servicio militar universal, que le valieron verse encarcelado durante seis meses en el tétrico presidio de San Gregorio. Allí fue rapado y tuvo que vestir el humillante traje a rayas. La experiencia, la peor de su vida según confesión propia, motivó que, a partir de entonces, Blasco cambiara de opinión respecto a la necesidad de ser elegido diputado para poder gozar de inmunidad. Fue elegido en 1898, 1899, 1901 y 1903.
            Tras su amargo trance carcelario, nuestro hombre fue desterrado a Madrid. Allí conoció a Rodrigo Soriano y empezó realmente a abrirse paso entre los más selectos círculos culturales de la capital. Esa amistad terminó de la peor manera: Soriano acabó acusando públicamente a Blasco de comportarse un cacique. El nuevo amigo iba acumulando poder a pesar de no disponer de arraigo en Valencia. La rivalidad llegó hasta el Congreso, y finalmente Blasco y Soriano se batieron en duelo en Madrid en junio de 1903.
En septiembre de 1905, Blasco Ibáñez había obtenido su acta de diputado por sexta vez. Los radicales valencianos habían conseguido abrirse un espacio político rompiendo con el monopolio fraudulento de liberales y conservadores: lo que en Cataluña consiguió la Liga Regionalista en 1901. En 1908, Blasco aseguraba haberse retirado por completo de la política. Hasta 1903, indica Alós, no podemos hablar con propiedad de “blasquismo”; el término lo acuñaron sus enemigos partidarios de Soriano, con tono peyorativo. El republicanismo perdía a su ariete en Valencia, pero la literatura ganaba a un escritor con pulso firme, cuyas ventas no pararían de crecer astronómicamente hasta su desaparición.
Sin embargo, antes de su exilio, Blasco tuvo tiempo de protagonizar una ambiciosa campaña pro aliada durante la Primera  Guerra Mundial, y de enfrentarse a la dictadura de Primo de Rivera, con textos como Una nación secuestrada (1924), Por España y contra el rey (1925) y Lo que será la República española (1925). Blasco Ibáñez moría en su villa Fontana Rosa de Menton (Francia), de nuevo en el exilio. No llegó a conocer la República de 1931.


Publicado en "La Aventura de la Historia", Núm.223, mayo de 2017.

divendres, 28 d’abril de 2017

"La menorá y el compás", de David Aliaga


David Aliaga
La Menorá y el compás
Masónica.es

                El último libro de David Aliaga es un ensayo muy necesario, porque vivimos en un país muy necesitado de que se hable de religión (y de irreligión) con naturalidad. Donde debate y diálogo se confunden con grito y conflicto, la voz moderada y tenue de Aliaga nos trae el recuerdo de filósofos que, en un entorno mucho más hostil que el nuestro, fueron capaces de ordenar sus párrafos mentales e intentar transmitir una determinada manera de entender su mundo.
Tras cuarenta años de totalitarismo religioso, los que aún somos algo jóvenes hemos ido observando hasta qué punto la religión oficial es odiada entre la población que la padeció. No pocos sacerdotes católicos, a partir de los años 50, sobre todo, ya se fueron dando cuenta de lo que acabaría ocurriendo si una horrible dictadura seguía imponiendo la religión católica en todos los ámbitos de la vida humana. Algunos supieron reaccionar, pero tarde. ¿Qué tenemos hoy? Lo observó Sádaba en los años 80: una sociedad banal, en la que no reina ni la espiritualidad ni cualquier tipo de actitud reflexiva. Los españoles flotan entre una religiosidad aberrante, no solo externa sino dotada de un materialismo grosero, y oficialmente vinculada a posturas políticas de extrema derecha que no tienen nada que ver con los mensajes espiritualistas ni ética de ninguna clase, y la nada.
                Lo vemos en las aulas. No solo han caído las creencias entre los más jóvenes, sino que, con ellas, también cualquier tipo de valor mínimamente trascendente o cultural. Con las esperanzadoras excepciones de siempre. En mi casa, y eso que crecí en la familia más irreligiosa que se pueda imaginar, mis padres me enseñaron la noción de sagrado: la música era sagrada, el silencio para pensar y  leer era sagrado, los libros eran sagrados. Ahora todo es entretenimiento: por eso parece que se asfixia la cultura. Pero hay muchos que no se conforman con eso. Y por eso les dediqué mi estudio histórico sobre el ateísmo español. Se lo dediqué a todos los creyentes españoles sin Iglesia, yo que no soy creyente. Pero aunque no crea, no odio las creencias, ni mucho menos. Los que no sufrimos ese totalitarismo podemos desarrollar curiosidad por las filosofías trascendentes honestas, empezando por Spinoza. Esa es la diferencia generacional que observo entre los de mi quinta y las anteriores: nosotros tenemos la posibilidad de paladear los contenidos literarios religiosos, estudiar las creencias y las increencias, manteniendo una actitud de “naturalidad” respecto a cualquier fenómeno de conciencia.
                Estamos menos vigilados, entiendo. Podemos moldear nuestra propia cultura personal, y es lo que hizo Aliaga, y es lo que ha venido a contarnos. Lo que ha echo Aliaga es generoso, se ha ofrecido desnudo, sin pudores ni rubores: y el lector no tiene más remedio que crecer con él.
                “La menorá y el compás” es, en primer lugar, un ensayo personal sobre las relaciones entre judaísmo y masonería. Pero es mucho más: es la historia de un camino de búsqueda personal, escrito con artes de novelista, maravillosamente documentado. Huele a Ilustración, a Renacimiento. A honestidad. Al gozo que producen las obras de San Juan de la Cruz, de Juan de Valdés, de Spinoza. Es un libro que debería ser traducido a muchos idiomas, no solo por la poesía que contiene, sino porque es, seguramente, el libro sobre religión judía y caminos masónicos más claro y sencillo que he tenido la oportunidad de leer. En el sentido de ilustrativo. En el sentido de apasionado.  Lejos de querellas y humo político, lo que ha escrito Aliaga es la historia de parte de su trayectoria intelectual. Porque él también es uno de estos jóvenes curiosos que no se conforma con la Rutina o la Nada. A todo le busca un sentido, intelectual y personal.

                Y quizá sea esta la única forma de actuar e interactuar con la sociedad y la cultura que nos vaya quedando.

diumenge, 23 d’abril de 2017

Mercados de libros

A mi modo de ver, este debate está mal planteado. Por un lado, los que parecen escandalizarse de que un twitero arrase, por el otro los postmods que se sonríen ante el derribo de la Academia. En realidad, nuestros clásicos nunca fueron superventas. Algunos de ellos, por ejemplo, Góngora, no publicó un solo libro en toda su vida. Que el libro creativo, artístico y de exploración haya vendido alguna vez es falso. Nadie se enteró de Kavafis o Pound. El "Ulises" de Joyce fue una autoedición. Luego parece un horror que los escritores artísticos no puedan vivir de la escritura: ¿cuándo ha pasado eso? Cortázar era intérprete, Benet ingeniero, Cervantes recaudador de impuestos y soldado, Garcilaso militar. Unamuno, Clarín, Azorín, eran periodistas. Como Montserrat Roig, que vivía de la tele y el periódico. Verdaguer era sacerdote. Proust, asmático. Lorca solo logró emanciparse estrenando teatro en Buenos Aires. Existen diversos niveles de mercado. Me parece normal que la obra estéticamente exigente sea poco comprada. Me gustaría que vendiera más, pero no me escandalizo porque esto es algo normal. Apollinaire no arrasaba. El mejor poeta vivo estadounidense vende 300 ejemplares. Pero un libro vendido millones de veces no hace mejor su prosa o su verso. Tampoco es cuestión de calidad. Es cuestión de a quién le está hablando el autor, como Juan Benet no hablaba al mismo lector que Corín Tellado. Sencillamente, Almudena Grandes y José María Merino conviven con mensajes y objetivos diferentes. Nada más. A veces, Internet no deja vernos la pluralidad de círculos y de interlocutores. Los superventas hace siglos eran La imitación de Cristo de Kempis o las Fábulas de Esopo, o toda clase de dramaturgos y poetas ignaros. Shakespeare no pensaba básicamente en el "libro", sino en las representaciones, igual que Calderón. Tan falso es medir el éxito de un libro por sus ventas como odiar al libro ligero que arrasa. Cuando voy al cine me apetecen cosas diferentes: puedo ir a ver una de superhéroes o una reposición de Bergman: disfruto igual, aunque disfruto diferente.

dilluns, 3 d’abril de 2017

Machismo y vanguardia: Ensayo sobre la invisibilidad



Machismo y vanguardia. Escritoras y artistas en la España de Preguerra. Así se titula el libro de Encarna Alonso Valero que he encontrado casualmente en una de mis librerías habituales. A veces el azar consigue que uno se cruce con un título sugestivo, cuya lectura no defrauda las expectativas.
Distingue la autora dos períodos o etapas bien diferenciadas en el desarrollo de las vanguardias literarias españolas: la primera, comprendida entre finales de 1918 y 1923, centrada en el inicio y el declive del movimiento ultraísta, y una segunda mucho más academizada y vertebrada en torno a Revista de Occidente y el equipo cultural de José Ortega y Gasset.
Las vanguardias desembarcan en España decisivamente a partir de que Isaac del Vando Villar funda la revista Grecia. Señala Alonso que en ese momento inicial la presencia de mujeres en los medios ultraístas es mínima, ya que en su revista más emblemática, Ultra, no aparecen más que unas escasas líneas escritas por Rosa Chacel, y colaboraciones de la poeta Lucía Sánchez Saornil, que firmaba con un nombre masculino: Luciano de San Saor. Se concluye: “Esa escasez no puede extrañarnos si atendemos a la poética y la teoría del movimiento. Según se puede leer en el Manifiesto ultraísta, la fuerza renovadora de la auténtica vanguardia era viril y aparece identificada repetidamente con lo masculino” (pág.15). El texto insistía en imágenes sexuales y bélicas, cuya conclusión necesaria era que resultaba preciso “romper el himen” de la cultura. Sin duda se trataba de reflejos de lo expresado por Marinetti en los textos fundacionales del Futurismo (1909), formulado explícitamente como un movimiento que despreciaba tanto a la mujer como a lo femenino.
Mucho más significativas (y también, claro, decepcionantes) son las aportaciones teóricas de los grandes nombres de Revista de Occidente. Es a partir de 1923, con la fundación de la revista, cuando las nuevas estéticas se consolidan e incluso se institucionalizan. Cuando, como repite con acierto Alonso, se consolida en torno a Ortega un poderoso campo cultural que regulará lo que es centro y lo que es periferia en el ámbito de la modernidad hispánica. La autora llega a atribuir a Ortega un “poder normativo”. De hecho, en el fondo, lo que hace principalmente la autora es aplicar la teoría de campos de Bourdieu sobre el escenario fascinante de las letras españolas de los años 20, para tratar de llegar a conclusiones claras sobre cuál fue realmente el papel de las mujeres creadoras en un entorno tan claramente monopolizado por los orteguianos. Como escribe Alonso: “quien aparecía en la revista era porque había sido consagrado, constituido como élite, y se consagraba, entre otros mecanismos, asegurándose la prestigiosa posición que ofrecía aparecer en la revista” (pág.30). Los resultados sorprenden, y aunque la autora se cuida de distinguir suficientemente los inmensos méritos teóricos de hombres como Gregorio Marañón o el mismo Ortega, las conclusiones no dejan de resultar dolorosas para un lector acostumbrado a admirar los edificios culturales inmediatamente anteriores a la guerra civil.
Porque las palabras son, en este caso, inequívocas. Ortega teorizaba que lo propio de la mujer era permanecer en la esfera de lo privado, como naturaleza que miraba hacia adentro, y que por lo tanto el género que le tocaba por atribución natural era el epistolar. En cambio, la operación de lanzar lo íntimo hacia afuera, hacia el universo, era propia del hombre, cuya esfera natural era el ámbito público (pág.36).
En 1923, Revista de Occidente publicaba un texto de Simmel en el que este afirmaba que la mente de la mujer no se podía desligar de lo que era naturaleza misma, es decir, irracionalidad y ausencia de proyección pública. Asimismo, Simmel reservaba para las mujeres lo que denominaba “artes reproductivas”, es decir, el bordado o el arte dramático. Pensar, escribir poemas, eran cosas que solo podía ejercer un hombre.
En 1924 veía la luz el trabajo de Gregorio Marañón titulado “Sexo y trabajo”, que no podía ser más elocuente: “Esta desigualdad biológica era el tope que marcaba el distinto camino que cada sexo había de seguir en la vida: tú, mujer, parirás; tú, hombre, trabajarás” (pág. 39). ¡Como si Dolores Moya, su esposa, no le hubiera ayudado con sus libros! ¿Es que no era eso trabajar? En 1910, tal y como reporta Antonio López Vega en su magnífica biografía sobre Marañón, el médico le había escrito a Dolores: “¿Quieres una cosa? Yo te enseñaré a escribir a máquina y tú me copiarás las cosas que escriba. Así estaremos siempre juntos” (Gregorio Marañón. Radiografía de un liberal, Madrid, Taurus, 2011, pág, 74). López Vega afirma también que “Así fue durante toda su vida”: Gregorio iba escribiendo y Lolita mecanografiaba...
Según Marañón, “la especial constitución de su sistema nervioso, que la hace infinitamente apta para los estímulos sensitivos y emocionales tan propios de la maternidad, la hace en cambio poco dispuesta, en el promedio de los casos, para la labor mental abstracta y creadora” (pág.40). De esta forma, a través de la pseudociencia y la filosofía se sustituían los dogmas religiosos en la confrontación de las diferencias naturalizadas, presentadas como hechos irrebatibles e incontrovertibles. Un ejemplo más: el orgasmo era también esencialmente masculino. Las mujeres que lo disfrutaban eran anormales y viriles.
Marañón hablaba de un “promedio” de mujeres negado para la abstracción racional: la existencia de “excepciones”, fundamentalmente Rosa Chacel y María Zambrano, vendrían a confirmar la regla en las teorías de Ortega. Alonso echa de menos una tradición liberal que entroncara con la defensa de las mujeres realizada por Mill: la figura de Ortega y Gasset, sin duda quien mejor hubiera podido representar ese papel, resulta decepcionante en este sentido: “Así como apuesta de manera decidida por la modernidad y el europeísmo en otros campos, siendo ese en definitiva su proyecto intelectual y cultural, en lo que tiene que ver con las relaciones entre los sexos vuelve los ojos atrás y reproduce la ideología clásica ilustrada (y después romántica) de la mujer sensible, irracional y, en definitiva, imposibilitada por su propia naturaleza biológica para lo público” (pág.47).
Afirmó Ortega en un artículo de El Sol (“¿Masculino o femenino?”, 26 de junio y 3 de julio de 1927) que el hombre era completamente independiente de la mujer, pero no la mujer del hombre. En El hombre y la gente, un curso de 1949-50 editado en forma de libro en 1957, repetía que la vida varonil era esencialmente superior a la femenina.
Sin embargo, las excepciones fueron importantes. Tampoco hay que olvidarlo: “En la Revista de Occidente publicaron autoras como Rosa Chacel o María Zambrano, y Maruja Mallo hizo ilustraciones y expuso en sus dependencias tras la impresión que sus cuadros causaron a Ortega, abierto a la creación de excepciones (Chacel en literatura, Mallo en pintura y Zambrano en filosofía: una por disciplina)” (pág.53). Alonso se explica tan claramente que lo mejor es citarla: “La excepción más importante, a pesar de sus inevitables limitaciones, no la encontramos hasta 1931, cuando Rosa Chacel publica en la Revista de Occidente una crítica sobre cómo las teorías contemporáneas de la diferencia sexual servían para marginar a las mujeres de la cultura”. En aquel texto, “Esquema de los problemas prácticos y actuales del amor” (Núm.31, págs.129-180), Chacel arremetía contra Simmel y Jung y proponía que el género “es una construcción cultural y no un hecho natural” y que “debían impugnarse sus restricciones a la producción artística y cultural” (pág.60).
Rosa Chacel regresó de Roma en 1927 con el manuscrito de Estación. Ida y vuelta bajo el brazo. Estaba convencida de que se ajustaba al canon orteguiano. Por lo tanto, su sorpresa fue mayúscula cuando su novela fue rechazada para la colección “Nova Novorum”, lo cual supuso un duro golpe para su moral de escritora que empezaba a caminar. Efectivamente, Estación. Ida y vuelta, uno de los textos literarios más significativos de la época, vio la luz en la editorial Ulises, en 1930.
Ortega hacía y deshacía, teorizando la desigualdad pero autorizando excepciones señaladas compatibles con su ideología. Cuando hablaba de “generaciones” en sus libros, en El tema de nuestro tiempo, en En torno a Galileo, excluía a las mujeres de sus listas. En el caso de las poetas, fueron manifiestamente “barridas” del “retrato de familia oficial”. Por ejemplo, Dámaso Alonso, en su trabajo Poetas españoles contemporáneos (1952) solo se ocupó de una sola mujer, Carmen Conde.
Algunas anécdotas que refiere Alonso denotan un grosero y brutal machismo, alejado de las sutiles teorías de los elegantes Marañón y Ortega. Por ejemplo, al ser invitado Jacinto Benavente a dar una charla en el Lyceum Club Femenino, rechazó alegando que no sabía dar clases “a tontas y a locas”. No menos doloroso y sangrante es el caso de Luis Buñuel, que cambió el piano de su compañera sentimental por tres botellas de champán.
Se ocupa Alonso también de glosar cuáles fueron los principales focos de formación y desarrollo intelectual de las mujeres en la España de la época, valorando su aportación efectiva y su valor como plataformas de emancipación. En los años diez se fundaron la Junta de Damas de la Unión Iberoamericana de Madrid, heredera de las sociedades de Beneficencia características del siglo XIX; la Asociación Nacional de Mujeres Españolas (AMNE), declarada políticamente de centro y creada en 1918.  En 1915 se había creado la Residencia de Señoritas, mucho menos ambiciosa en lo cultural que su modelo masculino, e imbuida de cierto corte represivo. Aunque las mujeres estudiaban en ella Magisterio, en 1928 solo dos de las doscientas residentes habían elegido esa carrera: la enorme mayoría ya se había decantado por Farmacia. Eulalia Lapestra, secretaria de la institución, declaraba en el Heraldo de Madrid, en marzo de 1928, que la carrera de Farmacia permitía a las mujeres no abandonar sus hogares familiares.
Derivada de la AMNE se fundó la Juventud Universitaria Feminista (JUF), de más clara vocación intervencionista, y donde se asociaban estudiantes y licenciadas. De ella surgieron las principales personalidades políticas de los años 30, como Victoria Kent y Clara Campoamor. Ya en los años 20, la Cruzada de Mujeres Españolas, presidida por Carmen de Burgos, fue la primera en reclamar el sufragio femenino.
En noviembre de 1926 fue creado el Lyceum Club Femenino, espacio que resultó fundamental para creadoras como Concha Méndez o María Teresa León (pág.80). Fue clausurado, como toda la vida intelectual oxigenada, al final de la guerra civil. Formaron parte de él casi todas las mujeres destacadas del momento: María de Maeztu, Victoria Kent, Zenobia Camprubí, Ernestina de Champourcin, Carmen Baroja, María Goyri, María de la O Léjárraga, Magda Donato, Elena Fortún o Carmen Conde. En 1933, como una agrupación del Partido Comunista de España, se creaba la Agrupación de Mujeres Antifascistas.
No hace falta que insistamos en el hecho de que todas estas asociaciones femeninas fueron duramente combativas, tanto las progresistas como las conservadoras, e incluso las neutras, desde tribunas reaccionarias o incluso desde publicaciones y foros supuestamente progresistas.
Esperamos que el hecho de haber ganado el XVI Premio de Ensayo Miguel de Unamuno 2015 del Ayuntamiento de Bilbao ayude a este libro a abrirse paso entre la maraña abigarrada de títulos que se publican cada año en España. Realmente merece una buena distribución, una buena acogida. Aunque se eche de menos algo más de enfoque multidisciplinar, pocos ensayos saben reunir en tan pocas páginas unos argumentos tan bien sostenidos con unas conclusiones tan claras, tan necesarias para una renovación de nuestras ideas sobre una etapa tan brillante de nuestra cultura. La forma, el ensayo fluido y limpio de digresiones, es muy acertada. Y no se trata en ningún caso de rebajar el valor de la obra literaria de ningún autor, sino más bien, y sobre todo, de romper con un muro de invisibilidad que nos impide entender una época en su totalidad real. Por mi parte, seguiré considerando la labor de Ortega exactamente igual que antes, y a Marañón un ensayista de primer orden; lo que resulta preciso, en todo caso, es desmitificarlos; y en su dimensión humana resultan aún más comprensibles, verosímiles.
Empieza a resultar urgente que reconozcamos a nuestras creadoras, políticas e intelectuales, que profundicemos en su difusión y que respondamos a nuestras preguntas a través de sus legados.

dimarts, 28 de març de 2017

"El Siglo de la Revolución". Entrevista a Josep Fontana





Josep Fontana publica en Crítica un ambicioso ensayo que se propone relacionar el presente con los ciclos históricos desarrollados en el mundo desde 1917. En todas las partes de la obra se proponen nuevos enfoques, nuevas propuestas de interpretación. El primer capítulo se centra en la Primera Guerra Mundial. A continuación se analizan otros fenómenos globales, la crisis de 1929-1939, la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría, terminando en lo que Fontana denomina “La era de la desigualdad”, el período en el que nos encontramos, caracterizado por el estancamiento económico y social indefinido. Otra novedad consiste en llevar el análisis hasta la actualidad misma, con una voluntad clara de incidir en la opinión pública y generar debate y polémica. Una obra hipnótica, que aporta innumerables direcciones bibliográficas, imprescindible para entender el mundo actual y sus incertidumbres.

¿Qué palabra o concepto utilizaría para definir la contemporaneidad?

Resulta difícil contestar porque la realidad social ha de ser analizada desde muchos aspectos. Pero si he de señalar alguna realidad que realmente está marcando el porvenir es la desigualdad. La desigualdad nos afecta a todos.

¿Qué lugar ocuparía El siglo de la revolución en su larga trayectoria?

Fundamentalmente yo empecé investigando la primera mitad del siglo XIX, pero enseñando historia contemporánea me di cuenta de hasta qué punto era importante realizar un análisis de lo que estaba sucediendo en el presente. Mi nuevo libro surge de un proyecto que tuvo una primera realización que se llamó Por el bien del Imperio (Pasado & Presente, 2011). Pero me quedó interés por profundizar en el período comprendido entre 1914 y 1945. Yo acabé ese libro en plena crisis del año 2008. En ese momento quedaba la esperanza de que se produciría una recuperación que no se ha verificado. Lo que se ha visto es que la llamada crisis se ha convertido en una etapa de estancamiento indefinido. Ya se ve que no se va a volver a la situación anterior a 2008. La idea de El siglo de la revolución nace de la conciencia de que los analistas actuales hablan desde hace tiempo de una nueva etapa de estancamiento permanente.

Su libro presenta el siglo XX como un período que no podría llamarse “revolucionario”, pero que de algún modo ha sido “el siglo de la revolución”, un siglo marcado por la experiencia iniciada en Rusia en 1917. Una revolución que fracasó, pero que marcó de algún modo la sociedad occidental durante muchas décadas. ¿No ha quedado nada de aquel ciclo revolucionario? ¿Realmente su fracaso fue completo?

Yo señalo, en este período que examino, dos ciclos revolucionarios fundamentales. Por una parte, está la historia de la Unión Soviética como proyecto de transformación, que ya se vio que no obtuvo el resultado esperado. Por otra parte, tenemos la extensión de las ideas del comunismo al resto del mundo. Realmente, la amenaza eran los movimientos subversivos desarrollados en la propia Europa Occidental, los de África y América Latina. Ese segundo ciclo revolucionario también falló. Y en este aspecto deben destacarse dos hitos: el fracaso del París de 1968 y la Primavera de Praga. París fue un paradigma: los estudiantes toparon con la política del Partido Comunista y los sindicatos, que no secundaron el movimiento revolucionario y se limitaron a recomendar medidas concretas como aumentos de salario. En Praga lo que se vio claro es que la fuerza transformadora de la unión Soviética se había estancado. Por otra parte, también en Estados Unidos fracasaron las propuestas de la nueva izquierda, que tampoco lograron transformar la sociedad.

¿Cuáles son sus proyectos inmediatos? ¿Qué le obsesiona hoy?

Bueno, creo que hay que tener en cuenta mi edad y mi estado de salud. Acabo de ver en Internet el fallecimiento de dos colegas más jóvenes que yo. Creo que trabajar me mantiene. Mi dinámica es seguir trabajando. Porque me gusta. Así que, sí, justo cuando enviaba El siglo de la revolución a la imprenta ya empezaba otro libro. Se trata de un proyecto que debería durar unos cinco años. Quiero volver al campo de la etapa de 1815-1848, volver a la primera mitad del siglo XIX. Quiero explicar cómo se llega a la fecha clave de 1848, año del Manifiesto comunista, año también de revoluciones. Hablar de la revolución de 1830, de cómo se produce el fracaso de la Restauración.

¿Cómo es la guerra en la que vivimos inmersos?

Creo que es evidente que el mundo continúa en un clima de Guerra Fría. Con Obama y con la posibilidad de la presidencia de Clinton, parece que la situación habría continuado tensa pero sin estallar. Trump ha colocado a Stephen Bannon, un hombre muy peligroso, en el Consejo Nacional de Seguridad, que tiene mucho poder. La situación es alarmante e imprevisible. Bannon anuncia un enfrentamiento directo con China. Estamos ante la posibilidad de una intervención en China, Bannon y Trump amenazan con ello, y quizás se produzca un conflicto de consecuencias desastrosas.

¿Es usted pesimista?

Yo me eduqué en una norma de Gramsci, la que dice: “Pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad”. He sido educado en esta premisa. Creo que existe la voluntad de que esto, el presente, debe cambiar. Las incertidumbres, por ejemplo, las que ha abierto Donald Trump, no engendran precisamente alegrías. Como dice Hobsbawm, “El mundo no cambiará solo”. Creo que, por fuerza, tendrá que llegar el cambio por acción de los hombres y las mujeres que no van a aceptar un empeoramiento indefinido de su situación.  

No resulta muy habitual que un libro de historia hunda sus raíces en el origen de la contemporaneidad para extender su análisis hasta la actualidad misma. Pero el autor consigue iluminar nuestro presente a través de la descripción de un sueño revolucionario fallido que ha marcado todo un siglo de política occidental. El siglo de la revolución se zambulle en la turbulenta Europa de la primera mitad del siglo XX para relacionar ese ciclo de violencia extrema con las incertidumbres de nuestro mundo. Y lo hace con voluntad de generar polémica. En lugar de ofrecer una lectura al uso de la Guerra Fría, por ejemplo, niega que se enfrentaran Capitalismo y Comunismo: lo que entró en conflicto eran las “fuerzas armadas de la libre empresa” contra todo aquello que intentara ponerle obstáculos. Así, “la globalización ha heredado las mentiras legitimadoras de su inmediato antecesor, el imperialismo”. Lo que generó la Primera Guerra Mundial está a punto de desencadenar otro desastre, bajo una máscara afín: la del crecimiento económico prometido por los dirigentes neoliberales. Pero en lugar de garantizar una extensión del progreso y el bienestar, lo que se genera es guerra y desigualdad, y sobre todo, estancamiento económico. Otro rasgo original del libro es el caudal impresionante de bibliografía anglosajona que maneja: no hace falta insistir en la necesidad de que la historiografía propia rompa con su injustificable aislamiento. Qué puede surgir de esta nueva etapa iniciada en 2008 es lo que intenta explicar Fontana, mientras muestra con absoluto rigor los principales hitos de la historia del siglo XX. 

Andreu Navarra Ordoño
Publicada en La Aventura de la Historia, 221, marzo de 2017.

dilluns, 20 de febrer de 2017

"Lo que España debe a Cataluña", de Luis Suárez



Luis Suárez
Lo que España debe a Cataluña (732-1516)
Barcelona, Ariel, 2016, 380 págs., 19,50 E

                Luis Suárez se propone en esta extensa obra demostrar que el andamiaje ideológico y político de la Monarquía Hispánica proviene de la estructura desarrollada en la Corona de Aragón durante la Baja Edad Media. Para demostrarlo traza un equilibrio entre la historiografía clásica catalana (Rovira i Virgili, Ferran Soldevila, Ramon d’Abadal) y la castellana (Ménéndez Pidal) que traza un recorrido muy completo sobre la trayectoria de la Cataluña condal y la Corona de Aragón. El libro destila vicensismo y, lo admite el mismo autor, la idea no era aportar nuevas fuentes sino más bien trazar una síntesis útil de lo que, durante el siglo XX, se escribió sobre la Cataluña medieval.
                Hasta  aquí, el planteamiento no ofrece problema: los destellos del libro provienen fundamentalmente de Vicens Vives: Lo que España debe a Cataluña sería básicamente resistencia al absolutismo, líneas de espiritualismo humanista y un diseño plural de las estructuras estatales. Y aun así, llama la atención la falta de renovación historiográfica que se hace evidente en los recorridos de recomendación bibliográfica. A mi modo de ver, no pueden obviarse de forma tan explícita las innovaciones metodológicas de los últimos treinta o cuarenta años.
                Por lo tanto, la obra de Suárez puede ser considerada una buena obra panorámica. Disfrutará de ella cualquier lector que desee acercarse al andamiaje cultural e institucional de la Cataluña medieval y de la Corona de Aragón. El fondo es ambicioso y se nota que procede de toda una vida de trabajo. Pero observo problemas relacionados con el título mismo de la obra, y con las abundantes tesis presentistas que ofrece. Suárez arguye que en todo momento los fundadores de la Marca Hispánica reivindicaron su condición de godos, y que siempre los dirigentes del Principado tuvieron presente una visión unitaria y plural de la nación española. Ahora bien, Suárez define “nación” como un elemento supraestatal, exactamente al revés que las teorías de la tradición periférica, que tienden a considerar exactamente lo contrario, que España llegó a ser un Estado a través de la unión de, por lo menos, cuatro o cinco naciones.
¿Qué es una nación? ¿Qué se entendía por nación en el siglo XIII, o en el XVI? ¿Puede equipararse el sentido del deber civil en el siglo XIII con el del siglo XXI? No se pueden obviar estas preguntas que difuminan cualquier edificio doctrinal demasiado sospechosamente sólido. Me temo que la cuestión es algo más compleja.  A mi modo de ver, no pueden evitarse tan alegre y fácilmente las abundantes redefiniciones políticas que trajeron quinientos años de Edad Moderna y Contemporánea. La historia, sí, debe ayudarnos a comprender el pasado, aportar elementos de debate; pero soy de los que cree que no debe servir para apuntalar opiniones políticas preconcebidas, de ningún tipo.

                En mi opinión, la obra podría haberse presentado como un manual de historia de la Corona de Aragón. La historiografía se rebaja si la reducimos a debate ideológico presentista. Todos perdemos en ello.

Publicada en "La Aventura de la Historia", 220, febrero de 2017.